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La supervivencia del Imperio romano

Tras un largo periodo de decadencia administrativa y económica, el Imperio romano de Occcidente acabó derrumbado ante el acoso de los pueblos bárbaros y su propia división interna. Sin embargo, la mitad oriental resistió y forjó unas instituciones que perdurarían durante un milenio; el hoy conocido como Imperio bizantino.
La división del Imperio después de la muerte de Teodosio I
Más allá de la mayor urbanización y vitalidad de la economía oriental, existen cuatro razones políticas que fueron cruciales para la supervivencia de Constantinopla.

Moneda con el rostro de Anastasio I

La primera, la suerte dinástica. Los emperadores que gobernaron en la segunda mitad del siglo V en el Imperio oriental (León, Zenón y Anastasio) eran todos gobernantes fuertes e inteligentes. El oeste, por el contrario, no tuvo esa suerte hasta que fue demasiado tarde. Si los emperadores occidentales Mayoriano (457–61) o Antemio (467–72) hubieran llegado al poder una generación antes, las cosas podrían haber sido diferentes; sin embargo, para el momento en el que gobernaron, la figura del emperador era poco más que la de un títere del todopoderoso magister militum germano (generalísimo) Ricimero.

Eso nos lleva al segundo punto. Desde principios del siglo V en adelante, un solo hombre, el magister militum, controlaba todo el ejército del Imperio Occidental. Los poderes adjuntos a este puesto le dieron a cualquiera que lo sostuviera (a mediados del siglo quinto generalmente era un comandante federado germano con lealtad tenue al Imperio) el poder suficiente para ignorar efectivamente al emperador y la administración civil. En el Imperio Oriental, en contraste, los ejércitos de campo estaban comandados por cinco generales de igual rango. A lo largo del siglo V, muchos de estos jefes militares eran federados procedentes de Germania; pero como ningún general tenía el dominio sobre los demás, los comandantes con ambición por el poder tendían a agotar sus energías compitiendo entre sí.

Fronteras orientales del Imperio

Tercero, el Imperio del Este tenía enemigos mucho más manejables que el oeste. Mientras que el Imperio Occidental se vio obligado a enfrentarse con grandes y agresivas coaliciones tribales a lo largo de prácticamente toda la frontera noroeste, el este solo tenía dos fronteras activas. De estos, el más problemático fue el Danubio, que fue atravesado repetidamente por los hunos de Atila a mediados del siglo quinto. Afortunadamente,  el Imperio oriental tenía suficiente dinero para sobornar al líder huno, y su interés se desvió hacia el oeste. Además, los muros inexpugnables de Constantinopla presentaron una barrera insuperable para los bárbaros que rompieron las líneas fronterizas del Danubio. 
La otra frontera del Imperio Oriental estaba compartida con la Persia sasánida. Los persas habían sido problemáticos en el siglo IV y volverían a serlo en el sexto; pero en gran parte gracias a las invasiones nómadas de su propio reino, los "shahs" (monarca en persa) del siglo quinto no decidieron atacar a a los herederos de Roma.

Finalmente, y quizás lo más importante, las elites locales del Imperio Oriental estaban ubicadas de manera abrumadora en las muchas ciudades prósperas de la región. Esta circunstancia los hizo relativamente fáciles de gravar y controlar. En el oeste, en contraste, muchos de los notables más ricos se habían retirado de las ciudades a las haciendas masivas, donde podían resistir fácilmente las demandas imperiales de impuestos o reclutas.

En definitva, lo que ocasionó tal diferenciación de los destinos de ambos Imperios a pesar de compartir el mismo legado fue una mezcla de distinción administrativa y del devenir circunstancial de la historia.


Por Juan Márquez Sánchez

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